martes, 15 de octubre de 2013

El acento como sinónimo de humor. Oiga, yo creo que no.

Os vengo a hablar sobre algo que me ha venido incordiando desde hace ya algún tiempo: el TEMITA del acento asociado a la risa. Mi acento es murciano y estudio en Madrid, por lo que he podido apreciar ciertos aspectos bastante importantes para el tema que nos ocupa. Voy a evitar en la medida de lo posible la palabra «dialecto» porque alrededor del habla característica de Murcia, parece que cuesta un poco discernir entre dialecto y acento, principalmente por la cantidad de contenido contradictorio y erróneo que hay por ahí circulando, que hace dudar hasta a los de Churra (aunque yo soy plenamente consciente de que hay un punto en el que es claramente un dialecto, pero ya digo que no me meteré en eso). Que si el panocho no es lo mismo que dialecto murciano, que si hay otra cosa distinta del dialecto que es una lengua en sí, que si los murcianos son personas…, así que los voy a utilizar de forma indistinta para redactar esta entrada salvo que quiera hacer algún apunte (que no creo que sea el caso).

Mi manera de hablar se aleja un poco de lo que podríamos llamar español estándar, y es que en Murcia y alrededores pronunciar la ese es un delito. Además, la condena consiste en ver vídeos BIZARROS sobre BIZARRADAS de Thous Carapollen, así que no es como para tomárselo a broma, damas y damos. También son comunes, como en cualquier lugar, equis expresiones, aunque las de Murcia tienden a llamar la atención debido a que son muy peculiares y, sobre todo, malsonantes ante los oídos de otros provincianos. Os pongo como ejemplos «tonto’l pijo», «acho» e «ir a pijo sacao». Si queréis saber qué significan os aguantáis, que creo que se entienden bastante bien y, si no, ahí tenéis el Google.

Al venir a Madrid, noté, como era obvio, que todo el mundo hablaba «finústicamente», que diría mi abuela; cada dos palabras adornaban su perfecta oratoria con un «mazo», todo el mundo alegaba no tener acento de ningún tipo, muchos insistían en que el laísmo es correcto en Madrid y está claro se entrenan para echar lapos pronunciando la jota, entre otras cosas. Por no hablar de que casi nadie sabía qué demonios era Murcia, algo comprensible de lo que podéis encontrar información aquí

Pero no estoy aquí para contaros lo mal que se habla en Murcia o en Madrid, que ambas tienen su cosica. No, estoy aquí para decirors que, en general, asociar un acento u otro al humor es una estupidez que puede llegar a ser tediosa.

Es la primera vez que oyes hablar a un sevillano, a un barcelonés o a un coruñés y te hacen gracia el deje o las expresiones. Vale, bien, pero de ahí a alcanzar máximas como la de que todos los andaluces son graciosos hay un trecho, porque vamos, si resulta que la forma en la que pronuncian las palabras ocho millones y medio de andaluces ha de ser gracioso sí o sí, pues mire usted: NO.
 ¿¡O es que veis a los de Cádiz partirse la caja los unos de los otros?! Bueno, eso sí, ¡pero no por cómo hablan! En un caso como este, me atrevo a decir que los paletos son el resto de «provincianos» (o los de la capital) y no los «detractores de la ese». Su risa no premia al ingenio, ni a la manera de contar algo, sino que responde ante lo que se entiende como una manera cateta de hablar, de hablar mal.

Con esto no quiero decir que en ciertos lugares no se oigan ciertas burradas que provocan risa y pena al mismo tiempo, además de que acentos como el murciano están asociados a este tipo de comportamiento, es decir, de hablar mal, de ser un cateto y demás, es incluso conveniente «guardar» en la medida de lo posible esta manera propia de hablar cuando no estés en una atmósfera académica porque, guste o no, no es un acento bonito, no transmite una imagen de seriedad y hay que saber adaptarse a ello.

Eso sí, no soy partidario de que el acento se pierda; para mí es como una herencia que se debe mantener, aunque sea en el habla coloquial, pero tampoco hay que olvidar de que a la forma en la que se usa la lengua le siguen una serie de aspectos socioculturales que pueden beneficiarnos o perjudicarnos, de hecho, soy consciente de que ahora mismo podría tener lectores andaluces recién llegados de su siesta de 16 horitas; ¿me captáis o qué? Así que, si solo te dicen que eres gracioso a más de 100 kilómetros de tu área de operaciones habitual, DESCONFÍA.

En mi caso, mucha gente me dice que soy gracioso, tal y cual. No me molesta que se rían si pronuncio de esta o aquella manera, sobre todo porque suelen reír conmigo y no de mí y normalmente es porque explico ciertas expresiones rebuscadas (con el objetivo de que el chascarrillo brote, vamos). Lo que sí me molesta es que alguien intente quitar veracidad a lo que digo por el mero hecho de que, precisamente, lo pronuncio de esta o aquella manera.

Por cierto, si quieren echarse unas risas, os recomiendo que busquéis vídeos o artículos publicados en nombre de «llenguamaere»; no tiene desperdicio.


Hasta la próxima, y ¡a ver si me vais comentando, que me voy a desmotivar muy pronto!

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